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nydus/The Age of InnocencePublic
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XXVII

con una sonrisa torcida en el rostro y una manita colgando lacia de su enorme brazo.

El ataque había sido claramente leve, pues era capaz de articular palabra y dar a conocer sus deseos; y poco después de la primera visita del médico había empezado a recuperar el control de los músculos faciales. Pero el susto había sido grande; y proporcionalmente grande fue la indignación cuando se dedujo de las frases fragmentarias de la señora Mingott que Regina Beaufort había ido a pedirle —¡increíble descaro!— que respaldara a su marido, que los sacara del apuro —que no los «abandonara», como ella lo llamó—, de hecho, que indujera a toda la familia a encubrir y perdonar su monstruosa deshonra.

—Le dije: “El honor siempre ha sido el honor, y la honradez la honradez, en la casa de Manson Mingott, y lo seguirá siendo hasta que me saquen de aquí con los pies por delante” —había farfullado la anciana al oído de su hija, con la voz espesa de la semiparalizada.

—Y cuando ella dijo: “Pero mi apellido, tía... mi apellido es Regina Dallas”, le contesté: “Era Beaufort cuando te cubría de joyas, y tiene que seguir siendo Beaufort ahora que te cubre de vergüenza”.

Todo esto, entre lágrimas y sollozos de horror, lo relató la señora Welland, demacrada y abatida por la insólita obligación de tener que fijar al fin los ojos en lo desagradable y lo vergonzoso.

—Si tan solo pudiera ocultárselo a tu suegro: él siempre dice: «Augusta, por amor de Dios, no me destruyas mis últimas ilusiones»... ¡y cómo voy a impedir que se entere de estos horrores? —lamentó la pobre señora.

—Después de todo, mamá, él no los habrá visto —sugirió su hija; y la señora Welland suspiró:

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