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nydus/The Age of InnocencePublic
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XIX

—le siseó con nerviosismo el joven Newland—; ¡te digo que le des el brazo! —y una vez más Archer cobró conciencia de haber estado a la deriva muy lejos, en lo desconocido. ¿Qué era lo que lo había llevado allí?, se preguntó. Tal vez la visión, entre los espectadores anónimos del crucero, de un rizo de cabello oscuro bajo un sombrero que, un momento después, resultó pertenecer a una dama desconocida de nariz larga, tan ridículamente distinta de la persona cuya imagen había evocado, que se preguntó si estaría volviéndose propenso a las alucinaciones.

Y ahora él y su esposa avanzaban lentamente por la nave, llevados en volandas por las ligeras ondas de Mendelssohn, con el día primaveral haciéndoles señas a través de las puertas de par en par, y los castaños de la señora Welland, con grandes escarapelas blancas en la frente, corcoveando y luciéndose al fondo del túnel de lona.

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