Desde la colina sobre la que se alzaba, una serie de terrazas bordeadas de balaustradas y urnas descendían al estilo de un grabado en acero hacia un pequeño lago irregular de orilla asfaltada sobre el que se inclinaban coníferas lloronas exóticas. A la derecha y a la izquierda, los famosos céspedes sin malas hierbas, salpicados de árboles «ejemplares» (cada uno de una variedad diferente), se extendían hasta largas franjas de hierba coronadas con elaborados adornos de hierro fundido; y abajo, en una hondonada, se encontraba la casa de piedra de cuatro habitaciones que el primer Patrón había construido en las tierras que le fueron concedidas en 1612.
Contra la sábana uniforme de nieve y el grisáceo cielo invernal, la villa italiana se erguía con bastante sombría severidad; incluso en verano guardaba las distancias, y el más audaz arriate de cóleos jamás se había aventurado a acercarse a menos de treinta pies de su imponente fachada.
Ahora, mientras Archer tocaba el timbre, el largo repique pareció resonar a través de un mausoleo; y la sorpresa del mayordomo que al fin respondió al llamado fue tan grande como si lo hubieran convocado de su sueño eterno.
Por fortuna Archer era de la familia , por lo tanto, por irregular que hubiera sido su llegada, tenía derecho a que se le informara de que la condesa Olenska había salido, habiendo ido al servicio de la tarde con la señora van der Luyden exactamente tres cuartos de hora antes.
—El señor van der Luyden —continuó el mayordomo— está en casa, señor; pero tengo la impresión de que o bien está terminando su siesta o bien está leyendo el Evening Post de ayer. Le oí decir, señor, a su regreso de la iglesia esta mañana, que tenía intención de echar un vistazo al Evening Post después del almuerzo; si lo desea, señor, podría ir hasta la puerta de la biblioteca y escuchar...