about like captured curiosities; and even after his most exciting talks with Ned Winsett he always came away with the feeling that if his world was small, so was theirs, and that the only way to enlarge either was to reach a stage of manners where they would naturally merge.
Esto se lo recordó el intento de imaginar la sociedad en la que la condesa Olenska había vivido y sufrido, y también —tal vez— saboreado misteriosos goces. Recordaba con cuánta diversión le había contado que su abuela Mingott y los Welland se oponían a que viviera en un barrio «bohemio» entregado a «gente que escribía». No era el peligro, sino la pobreza lo que a su familia le disgustaba; pero ese matiz se le escapaba a ella, y suponía que consideraban la literatura comprometedora.
Ella misma no les temía, y los libros desparramados por su salón (una parte de la casa en la que por lo general se suponía que los libros estaban «fuera de lugar»), aunque eran principalmente obras de ficción, habían avivado el interés de Archer con nombres tan nuevos como los de Paul Bourget, Huysmans y los hermanos Goncourt.
Mientras meditaba sobre estas cosas al acercarse a su puerta, volvió a ser consciente de la curiosa manera en que ella invertía sus valores, y de la necesidad de imbuirse en condiciones increíblemente distintas a cualquiera que él conociera si es que iba a serle de utilidad en su apuro actual.
Nastasia abrió la puerta, sonriendo misteriosamente.
En el banco del vestíbulo yacía un abrigo forrado de Marta cibelina, un sombrero de ópera doblado de seda mate con una J. B. dorada en el forro, y una bufanda de seda blanca: no cabía duda de que aquellos costosos objetos eran propiedad de Julius Beaufort.
Archer estaba furioso: tan furioso que estuvo a punto de garabatear una palabra en su tarjeta y marcharse; luego recordó que, al escribir a