May parecía pálida pero sonriente: el doctor Bencomb, que acababa de llegar por segunda vez, tenía una perspectiva más esperanzadora, y la intrépida determinación de la señora Mingott de vivir y sanar ya estaba surtiendo efecto en su familia.
May condujo a Archer a la salita de la anciana, donde las puertas corredizas que daban al dormitorio habían sido cerradas, y los pesados cortinajes de damasco amarillo habían corrido sobre ellas; y allí la señora Welland le comunicó en susurros horrorizados los detalles de la catástrofe.
Al parecer, la noche anterior había sucedido algo terrible y misterioso. Alrededor de las ocho, justo después de que la señora Mingott hubiera terminado la partida de solitario que siempre jugaba después de cenar, había sonado el timbre y una dama con el velo tan espeso que los sirvientes no la habían reconocido de inmediato había pedido ser recibida.
Elmayordomo, al oír una voz conocida, había abierto de par en par la puerta de la sala de estar, anunciando: «La señora de Julius Beaufort», y luego la había vuelto a cerrar tras las dos damas. Debían de haber estado juntas, pensó, una hora más o menos. Cuando sonó el timbre de la señora Mingott, la señora Beaufort ya se había escabullido sin ser vista, y la anciana, pálida, inmensa y terrible, estaba sola en su gran sillón y le hizo señas al mayordomo para que la ayudara a trasladarse a su dormitorio. Por entonces, aunque visiblemente angustiada, parecía dueña absoluta de su cuerpo y de su mente. La criada mulata la acostó, le llevó una taza de té como de costumbre, ordenó todo en la habitación y se marchó; pero a las tres de la madrugada el timbre volvió a sonar, y los dos sirvientes, que acudieron presurosos ante aquel insólito llamado (pues la vieja Catherine solía dormir como un bendito), se encontraron a su ama incorporada entre los almohadones,