es como... como... que te lleven de vacaciones cuando has sido una niña buena y has hecho todos los deberes”.
La analogía estaba bienintencionada, pero no le gustó del todo. A él no le importaba frivolizar sobre Nueva York, pero le desagradaba oír a cualquier otro tomar el mismo tono. Se preguntó si ella no empezaba a ver qué poderosa máquina era, y cuán cerca había estado de aplastarla.
La comida de los Lovell Mingott, improvisada in extremis con toda clase de sobras y retazos sociales, debería haberle enseñado lo estrecho de su escapatoria; pero o bien ella no se había dado cuenta en ningún momento de haber rozado el desastre, o bien lo había perdido de vista en el triunfo de la velada de los van der Luyden.
Archer se inclinaba por la primera teoría; se imaginaba que su Nueva York seguía siendo completamente indiferenciada, y la conjetura lo irritaba.