El golpe era inesperado; pero los Mingott, fiel a su costumbre, le hicieron frente con hidalguía.
La señora Lovell Mingott confió el caso a la señora Welland, quien se lo confió a Newland Archer; este, indignado por el ultraje, apeló con pasión y autoridad a su madre; ella, tras un doloroso periodo de resistencia interior y vacilaciones externas, sucumbió a sus instancias (como le ocurría siempre) y, abrazando de inmediato la causa de su hijo con una energía redoblada por sus previas dudas, se puso su sombrero de terciopelo gris y dijo: «Iré a ver a Louisa van der Luyden».
El Nueva York de los tiempos de Newland Archer era una pirámide pequeña y escurridiza, en la cual, por entonces, apenas se había abierto una grieta o ganado un punto de apoyo.
En su base había un sólido cimiento de lo que la señora Archer llamaba «gente corriente»; una mayoría honrada pero oscura de familias respetables que (como en el caso de los Spicer, los Leffertse o los Jackson) habían sido elevadas por encima de su nivel al casarse con uno de los clanes gobernantes.
La gente, solía decir la señora Archer, no era tan quisquillosa como antes; y con la vieja Catherine Spicer gobernando un extremo de la Quinta Avenida, y Julius Beaufort el otro, no se podía esperar que las viejas tradiciones durasen mucho más.
Estrechándose firmemente hacia arriba desde este adinerado pero discreto subestrato se encontraba el grupo compacto y dominante que los Mingott, los Newland, los Chivers y los Manson representaban tan activamente.
La mayoría de la gente los imaginaba como la cúspide misma de la pirámide; pero ellos mismos (al menos los de la generación de la señora Archer) eran conscientes de que, a los ojos del genealogista profesional, solo un número aún menor de familias podía reclamar tal eminencia.