May estaba encantada con la idea de ir al campo, y se divertía como una niña con los vanos esfuerzos de las ocho damas de honor por descubrir dónde se encontraba su misterioso refugio.
Se consideraba «muy inglés» que a uno le cedieran una casa de campo, y el hecho le daba el toque definitivo de distinción a lo que comúnmente se admitía que era la boda más brillante del año; pero a nadie se le permitía saber dónde estaba la casa, excepto a los padres de la novia y del novio, quienes, al ser interrogados al respecto, fruncían los labios y decían misteriosamente: «Ah, no nos dijeron...», lo cual era manifiestamente verdad, ya que no había necesidad de que lo hicieran.
Una vez instalados en su compartimento, y cuando el tren, sacudiéndose los interminables suburbios de madera, se hubo adentrado en el pálido paisaje primaveral, la conversación resultó más fácil de lo que Archer había previsto.
May conservaba, en su aspecto y tono, la sencillez de la muchacha de ayer, deseosa de comparar impresiones con él sobre los incidentes de la boda y de comentarlos con la misma imparcialidad con que una dama de honor los hablaría con un padrino.
Al principio, Archer había imaginado que tal desapego era el disfraz de un temblor interior; pero los claros ojos de ella revelaban solo la más tranquila inconsciencia. Estaba a solas por primera vez con su esposo; pero su esposo era tan solo el encantador camarada de ayer.
No había nadie a quien estimara tanto, nadie en quien confiara con tanta plenitud, y la culminante «travesura» de toda aquella deliciosa aventura de noviazgo y matrimonio consistía en partir a solas con él de viaje, como una persona mayor, como una «mujer casada», de hecho.