El resultado, por supuesto, fue que la joven que era el centro de este elaborado sistema de mistificación permanecía tanto más inescrutable por su extrema franqueza y seguridad.
Era franca, pobre querida, porque no tenía nada que ocultar, estaba segura porque no sabía de nada contra lo que debiera estar en guardia; y sin mejor preparación que esta, iba a ser sumergida de la noche a la mañana en eso que la gente llamaba evasivamente «los hechos de la vida».
El joven estaba enamorada de forma sincera pero apacible. Le deleitaban la belleza radiante de su prometida, su salud, su destreza a caballo, su gracia y rapidez en los juegos, y el tímido interés por los libros y las ideas que empezaba a desarrollar bajo su tutela.
(Había avanzado lo suficiente como para unirse a él en sus burlas hacia los Idilios del rey, pero no para sentir la belleza de «Ulises» y los «Comedores de lotos»).
Ella era directa, leal y valiente; poseía sentido del humor (demostrado principalmente por sus risas ante las ocurrencias de él) y él intuía, en lo más hondo de su alma de mirada inocente, un fervor latente que sería una dicha despertar.
Pero cuando recorría su breve círculo, regresaba desanimado al pensar que toda aquella franqueza e inocencia no eran más que un producto artificial. La naturaleza humana sin adiestrar no era franca ni inocente; estaba llena de los recovecos y defensas de una astucia instintiva. Y se sentía abrumado por aquella creación de pureza facticia, fabricada con tanta maña por una conspiración de madres, tías, abuelas y antepasadas ya muertas, porque se suponía que era lo que él deseaba, lo que tenía derecho a tener, para poder ejercer su soberano placer de destrozarla como a una estatua de nieve.