Todo esto la mantenía muy ocupada, y no había tenido tiempo de hacer otra cosa que mirar el librito de pergamino que Archer le había enviado la semana anterior (Los sonetos del portugués); pero se estaba aprendiendo de memoria «Cómo llevaron las buenas nuevas de Gante a Aquisgrán», porque era una de las primeras cosas que él le había leído jamás; y le divertía poder decirle que Kate Merry ni siquiera había oído hablar de un poeta llamado Robert Browning.
De pronto se levantó de un salto, exclamando que llegarían tarde para el desayuno; y regresaron apresuradamente a la casa derruida, con su pórtico inútil y su seto sin podar de plumbagos y geranios rosados, donde los Welland se habían instalado por el invierno.
La delicada sensibilidad doméstica del señor Welland se encogía ante las incomodidades del descuidado hotel sureño, y a un costo inmenso, y frente a dificultades casi insuperables, la señora Welland se veía obligada, año tras año, a improvisar un establecimiento compuesto en parte por descontentos sirvientes de Nueva York y en parte reclutado entre la mano de obra local africana.
—Los médicos quieren que mi esposo sienta que está en su propia casa; de otro modo se sentiría tan desdichado que el clima no le haría ningún bien —les explicaba, invierno tras invierno, a los comprensivos habitantes de Filadelfia y Baltimore; y el señor Welland, sonriente al otro lado de una mesa de desayuno provista milagrosamente de las más variadas delicias, no tardaba en decirle a Archer: —Ya ve, querido amigo, acampamos; literalmente acampamos. Les digo a mi esposa y a May que quiero enseñarles a vivir rudamente.
El señor y la señora Welland se habían sorprendido tanto como su hija por la inesperada llegada del joven; pero a él se le había ocurrido explicar que se sentía al borde de un resfriado desagradable, lo cual le pareció al señor Welland una razón más que suficiente para abandonar cualquier deber.