seguridad se encontraría con Beaufort, donde tenía que saber de antemano que se lo encontraría, y a donde probablemente iba con ese propósito.
—Muy bien; mañana por la noche —repitió, con la firme resolución de no ir temprano y de que, al llegar tarde a su puerta, o bien le impediría ir a casa de la señora Struthers, o bien llegaría después de que ella hubiera salido, lo cual, bien mirado, sería sin duda la solución más sencilla.
Eran apenas las ocho y media, al fin y al cabo, cuando tocó el timbre bajo la glicina; media hora antes de lo que se había propuesto, pero una inquietud singular lo había empujado hasta la puerta de ella. Pensó, sin embargo, que las veladas dominicales de la señora Struthers no eran como un baile y que sus invitados, como para minimizar su falta, solían llegar temprano.
Con lo único que no contaba, al entrar en el recibidor de Madame Olenska, era con encontrar sombreros y abrigos allí. ¿Por qué le había ordenado que fuera temprano si tenía gente a cenar?
Tras una inspección más detenida de las prendas junto a las cuales Nastasia estaba colgando la suya, su resentimiento dio paso a la curiosidad. Los abrigos eran, de hecho, los más extraños que jamás hubiera visto bajo un techo respetable; y bastó un vistazo para convencerse de que ninguno de los dos pertenecía a Julius Beaufort.
Uno era un abrigo de fieltro amarillo y lanudo de corte «de confección», el otro una capa muy vieja y ajada con esclavina —algo parecido a lo que los franceses llamaban un «Macfarlane»—. Esta prenda, que parecía hecha para una persona de tamaño prodigioso, había sufrido evidentemente un uso largo y duro, y sus pliegues negruzcos y verdosos exhalaban un olor húmedo a serrín que sugería prolongadas sesiones contra las paredes de los bares. Sobre ella yacían una bufanda gris y harapienta y un extraño sombrero de fieltro de forma semieclesiástica.