Aquella noche, después de que el señor Jackson se hubo marchado y las señoras se retiraron a su dormitorio de cortinas de indiana, Newland Archer subió pensativo a su propio estudio.
Una mano vigilante había, como de costumbre, mantenido el fuego vivo y la lámpara lista; y la habitación, con sus filas y filas de libros, sus estatuillas de bronce y acero de «Los esgrimistas» sobre la chimenea y sus numerosas fotografías de cuadros famosos, parecía singularmente hogareña y acogedora.
Al dejarse caer en su sillón junto al fuego, sus ojos se posaron en una gran fotografía de May Welland, que la joven le había regalado en los primeros días de su romance, y que ahora había desplazado a todos los demás retratos de la mesa.
Con un nuevo sentimiento de reverencia, contempló la frente despejada, los ojos serios y la boca alegre e inocente de aquella joven criatura de cuyo alma iba a ser el custodio.
Aquel aterrador producto del orden social al que pertenecía y en el que creía, la joven que no sabía nada y lo esperaba todo, le devolvió la mirada como una desconocida a través de los familiares rasgos de May Welland; y una vez más comprendió con claridad que el matrimonio no era el puerto seguro que le habían enseñado a creer, sino un viaje por mares inexplorados.
El caso de la condesa Olenska había removido viejas convicciones arraigadas y las había dejado a la deriva, de manera peligrosa, por su mente. Su propia exclamación: «Las mujeres deberían ser libres, tan libres como nosotros», tocaba la raíz de un problema que en su mundo