vez, también, sus facultades de observación se veían mermadas por la rareza de encontrarse en aquella extraña casa vacía, donde al parecer nadie lo esperaba. Lamentaba no haberle dicho a May Welland lo que la condesa Olenska le había pedido, y le inquietaba un poco pensar que su prometida pudiera entrar a ver a su prima. ¿Qué pensaría si lo encontraba allí sentado con el aire de intimidad que implicaba esperar a solas, en la penumbra, junto al hogar de una dama?
Pero puesto que ya había venido, tenía la intención de esperar; y se dejó caer en una silla y estiró los pies hacia los leños.
Era extraño haberlo mandado llamar de aquel modo y haberlo olvidado después; pero Archer se sentía más curioso que mortificado.
La atmósfera de la habitación era tan diferente a cualquiera que hubiera respirado jamás que la timidez se desvaneció ante la sensación de aventura. Había estado antes en salones tapizados de damasco rojo, con cuadros «de la escuela italiana»; lo que le llamó la atención fue el modo en que la desvencijada casa alquilada de Medora Manson, con su marchito trasfondo de hierba de la Pampa y estatuillas de Rogers, había sido transformada con un golpe de mano y el uso habilidoso de unos pocos accesorios en algo íntimo, «extranjero», sutilmente sugerente de viejas escenas y sentimientos románticos.
Intentó analizar el truco, encontrar una pista en la forma en que estaban agrupados los sillones y las mesas, en el hecho de que solo se hubieran colocado dos rosas Jacqueminot (de las cuales nadie compraba nunca menos de una docena) en el esbelto florero junto a su codo, y en el vago perfume ambiental que no era el que uno se ponía en los pañuelos, sino más bien parecido al aroma de algún bazar lejano, un olor compuesto de café turco, ámbar gris y rosas secas.
Su mente divagó hacia la cuestión de cómo sería el salón de May. Sabía que el señor Welland, quien se estaba comportando «muy