Había oído pronunciar el nombre de la condesa Olenska con bastante frecuencia durante el año y medio transcurrido desde su último encuentro, y hasta conocía los principales incidentes de su vida en ese intervalo.
Sabía que ella había pasado el verano anterior en Newport, donde al parecer se había movido mucho en sociedad, pero que en otoño había alquilado de repente la «casa perfecta» que Beaufort se había tomado tantas molestias en buscarle, y decidido instalarse en Washington.
Allí, durante el invierno, había oído hablar de ella (como siempre se oía hablar de las mujeres hermosas en Washington) como una de las figuras descollantes de la «brillante sociedad diplomática» que se suponía compensaba las deficiencias sociales de la Administración.
Había escuchado estos relatos, y varios informes contradictorios sobre su aspecto, su conversación, su punto de vista y su elección de amistades, con el desapego con el que se escuchan las reminiscencias de alguien fallecido hace mucho tiempo; no fue sino hasta que Medora pronunció de repente su nombre en el torneo de tiro con arco cuando Ellen Olenska volvió a ser una presencia viva para él.
El tonto ceceo de la marquesa había evocado la visión del pequeño salón iluminado por el fuego y el sonido de las ruedas de un coche que regresaba por la calle desierta. Pensó en una historia que había leído sobre unos niños campesinos en Toscana que encendían un manojo de paja en una caverna al borde del camino, revelando antiguas e impertérritas imágenes en su tumba pintada …
El camino a la orilla descendía desde la dársena sobre la que se alzaba la casa hasta un paseo sobre el agua poblado de sauces llorones. A través de su velo, Archer vislumbró el destello de Lime Rock, con su torrecilla encalada y la diminuta casa en la que la heroica farera, Ida Lewis, vivía sus últimos y venerables años.