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nydus/The Age of InnocencePublic
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XXVIII

tarde, y no se podía prescindir del brougham, ya que si el señor Welland se ponía «nervioso» al ver a su suegra por primera vez después del ataque de esta, tal vez tuvieran que llevarlo a casa de inmediato. Los hijos de los Welland estarían por supuesto «en el centro», el señor Lovell Mingott estaría a punto de regresar apresuradamente de su cacería y el carruaje de los Mingott ocupado en ir a buscarlo; y no se le podía pedir a May, al caer una tarde de invierno, que fuera sola cruzando el ferry a Jersey City, ni siquiera en su propio carruaje.

Sin embargo, podría parecer inhóspito —y contrario a los expresos deseos de la vieja Catherine— que a Madame Olenska se le permitiera llegar sin que ningún miembro de la familia estuviera en la estación para recibirla. Era muy propio de Ellen, sugería la cansada voz de la señora Welland, poner a la familia en semejante aprieto. «Siempre es una cosa tras otra», se lamentaba la pobre dama, en una de sus raras revueltas contra el destino; «lo único que me hace pensar que mamá debe de estar menos bien de lo que el doctor Bencomb quiere admitir es este morboso deseo de que Ellen venga enseguida, por muy inconveniente que sea ir a su encuentro».

Las palabras habían sido imprudentes, como suelen serlo las de la impaciencia; y el señor Welland se les echó encima de inmediato.

—Augusta —dijo, poniéndose pálido y dejando el tenedor—, ¿tienes alguna otra razón para pensar que Bencomb es menos de fiar de lo que solía ser? ¿Has notado que ha sido menos concienzudo de lo habitual al seguir mi caso o el de tu madre?

Fue el turno de la señora Welland de ponerse pálida a medida que las interminables consecuencias de su desliz se desplegaban ante ella; pero se las arregló para reír y servirse una segunda porción de ostras gratinadas, antes de decir, volviendo a ponerse como pudo su vieja armadura de alegría:

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