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nydus/The Age of InnocencePublic
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XXXII

Aunque la silueta de May era un poco más pesada, como su físico de diosa lo había augurado, su porte atlético y erguido, y la transparencia aniñada de su expresión, seguían siendo los mismos: a no ser por el leve languidecer que Archer había notado últimamente en ella, habría sido la exacta imagen de la muchacha que jugaba con el ramo de lirios del valle en la noche de su compromiso.

El hecho le pareció un atractivo más para su compasión: semejante inocencia era tan conmovedora como el apretón confiado de un niño.

Luego recordó la generosidad apasionada latente bajo aquella calma desinteresada. Recordó su mirada de comprensión cuando él había insistido en que su compromiso se anunciara en el baile de los Beaufort; oyó la voz con la que ella había dicho, en el jardín de la Misión: «No podría hacer mi felicidad a partir de una injusticia⁠—una injusticia hacia alguien más»; y un anhelo incontrolable lo abatió de decirle la verdad, de arrojarse a su generosidad y pedirle la libertad que una vez había rechazado.

Newland Archer era un joven callado y dueño de sí mismo. La conformidad con la disciplina de una pequeña sociedad se había convertido casi en su segunda naturaleza. Le resultaba sumamente desagradable hacer algo melodramático y llamativo, cualquier cosa que el señor van der Luyden hubiera desaprobado y el palco del club hubiese condenado por mal gusto.

Pero de repente se había olvidado del palco del club, del señor van der Luyden, de todo lo que durante tanto tiempo lo había confinado en el cálido refugio de la costumbre. Caminó por el pasillo semicircular en la parte trasera de la casa y abrió la puerta del palco de la señora van der Luyden como si fuera una puerta hacia lo desconocido.

«¡M’ama!», trinó la triunfante Margarita; y los ocupantes del palco alzaron la vista con sorpresa ante la entrada de Archer. Ya había roto una

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