—su orden, más bien— de que fuera a visitarla esa tarde; pero en los breves momentos en que habían estado a solas había tenido cosas más urgentes que decir. Además, le parecía un poco absurdo aludir al asunto. Sabía que May deseaba muy particularmente que él fuera amable con su prima; ¿no había sido ese deseo el que había apresurado el anuncio de su compromiso? Le producía una extraña sensación reflexionar que, de no ser por la llegada de la condesa, él habría sido, si no un hombre todavía libre, al menos un hombre menos irrevocablemente comprometido. Pero May lo había querido así, y se sentía de algún modo libre de mayores responsabilidades y, por lo tanto, en libertad, si así lo elegía, de visitar a su prima sin decírselo.
Mientras estaba en el umbral de Madame Olenska, la curiosidad era el sentimiento que predominaba en él. Le desconcertaba el tono con el que lo había mandado llamar; dedujo que era menos simple de lo que parecía.