A la mañana siguiente, Archer recorrió el pueblo en vano en busca de más rosas amarillas.
A consecuencia de esta búsqueda llegó tarde a la oficina, advirtió que su llegada no le importaba en absoluto a nadie y se sintió invadido por una repentina exasperación ante la elaborada futilidad de su vida.
¿Por qué no habría de encontrarse, en ese mismo momento, en las arenas de San Agustín con May Welland?
Nadie se dejaba engañar por su simulacro de actividad profesional. En los bufetes de abogados a la antigua usanza, como aquel que encabezaba el señor Letterblair y que se dedicaba principalmente a la administración de grandes patrimonios e inversiones «conservadoras», siempre había dos o tres jóvenes, bastante acomodados y sin ambición profesional, que, durante un cierto número de horas al día, se sentaban ante sus escritorios a realizar tareas triviales o simplemente a leer los periódicos.
Aunque se suponía que era conveniente que tuvieran una ocupación, el crudo hecho de ganar dinero todavía se consideraba denigrante y la ley, al ser una profesión, se valoraba como una ocupación más propia de caballeros que los negocios. Pero ninguno de estos jóvenes abrigaba muchas esperanzas de ascender de verdad en su carrera, ni tenía el más mínimo deseo sincero de hacerlo; y sobre muchos de ellos el verdín de lo rutinario ya se extendía de manera perceptible.
A Archer le estremecía pensar que pudiera estar extendiéndose también sobre él. Tenía, desde luego, otros gustos e intereses; pasaba sus vacaciones viajando por Europa, cultivaba a la «gente inteligente» de la que hablaba May y, en general, intentaba «estar al día», como le había dicho un tanto melancólicamente a Madame Olenska.