Tullerías, y del que se decía que tenía residencias principescas en París, Niza y Florencia, un yate en Cowes y muchas millas cuadradas de cotos de caza en Transilvania. Desapareció en una especie de apoteosis sulfurosa, y cuando pocos años más tarde Medora regresó de nuevo a Nueva York, cabizbaja, empobrecida, de luto por un tercer marido y en busca de una casa aún más pequeña, la gente se extrañaba de que su rica sobrina no hubiera podido hacer nada por ella. Luego llegó la noticia de que el propio matrimonio de Ellen había terminado en desastre, y de que ella misma regresaba a su hogar para buscar descanso y olvido entre sus parientes.
Estas cosas pasaron por la mente de Newland Archer una semana después, mientras veía a la condesa Olenska entrar en el salón de los van der Luyden la noche de la trascendental cena.
La ocasión era solemne, y él se preguntaba un poco nervioso cómo saldría airosa. Llegó bastante tarde, con un guantes aún sin poner y abrochándose una pulsera en la muñeca; sin embargo, entró sin la menor apariencia de prisa o desconcierto en el salón donde la compañía más selecta de Nueva York se hallaba reunida de un modo un tanto imponente.
En medio de la habitación se detuvo, mirando a su alrededor con la boca seria y los ojos sonrientes; y en ese instante Newland Archer rechazó el veredicto general sobre su aspecto. Era verdad que su frescura de antes había desaparecido. Las mejillas rojas habían palidecido; estaba delgada, ajada, con un aspecto un poco mayor que su edad, que debía de rondar los treinta. Pero desprendía la misteriosa autoridad de la belleza, una seguridad en el porte de la cabeza, en el movimiento de los ojos, que, sin ser en lo más mínimo teatral, le pareció sumamente disciplinada y llena de un poder consciente.