que hubieran «terminado» Suiza; pero Archer se había negado. > «Nos mantendremos unidos», había dicho él; y el rostro de May se había iluminado al ver que él daba un ejemplo tan bueno a Dallas.
Desde su muerte, casi dos años antes, no había habido ninguna razón para que continuara con la misma rutina. Sus hijos le habían instado a viajar: Mary Chivers se había mostrado segura de que le haría bien ir al extranjero y «ver las galerías». La misma naturaleza misteriosa de semejante cura la hacía aún más confiada en su eficacia. Pero Archer se había descubierto firmemente retenido por el hábito, por los recuerdos, por un repentino y alarmado recelo ante lo nuevo.
Ahora, al repasar su pasado, vio en qué profunda rutina se había estancado. Lo peor de cumplir con el deber era que al parecer lo incapacitaba a uno para hacer cualquier otra cosa. Al menos esa era la postura que los hombres de su generación habían adoptado. Las tajantes divisiones entre el bien y el mal, lo honrado y lo deshonrado, lo respetable y lo opuesto, habían dejado muy poco margen para lo imprevisto. Hay momentos en que la imaginación de un hombre, tan fácilmente subyugada por aquello en lo que vive, se eleva de repente por encima de su nivel cotidiano y contempla los largos recodos del destino. Archer quedó suspendido allí y se preguntó…
¿Qué quedaba del pequeño mundo en el que había crecido, y cuyas normas lo habían moldeado y sujeto?
Recordaba una profecía burlona del pobre Lawrence Lefferts, pronunciada hace años en esa misma habitación:
«Si las cosas siguen a este ritmo, nuestros hijos terminarán casándose con los bastardos de Beaufort».