estremecimiento de presentimiento vio que su matrimonio se convertía en lo que la mayoría de los demás matrimonios a su alrededor eran: una asociación aburrida de intereses materiales y sociales mantenida unida por la ignorancia de un lado y la hipocresía del otro.
Lawrence Lefferts se le figuraba el marido que había realizado de manera más completa este ideal envidiable.
Como correspondía al sumo sacerdote de la forma, había amoldado a una esposa tan por completo a su propia conveniencia que, en los momentos más conspicuos de sus frecuentes amoríos con las mujeres de otros hombres, ella andaba por ahí con una inconsciencia risueña, diciendo que «Lawrence era ferozmente estricto»; y se sabía que se sonrojaba con indignación y desviaba la mirada cuando alguien aludía en su presencia al hecho de que Julius Beaufort (como correspondía a un «extranjero» de dudoso origen) tenía lo que en Nueva York se conocía como «otra casa».
Archer trató de consolarse con el pensamiento de que no era un imbécil tan redomado como Larry Lefferts, ni May una simpletona como la pobre Gertrude; pero, al fin y al cabo, la diferencia era de inteligencia y no de normas.
En realidad, todos vivían en una especie de mundo jeroglífico, donde lo real nunca se decía, ni se hacía, ni siquiera se pensaba, sino que se representaba únicamente mediante un conjunto de signos arbitrarios; tal como la señora Welland, que sabía exactamente por qué Archer le había pedido que anunciara el compromiso de su hija en el baile de los Beaufort (y, de hecho, había esperado que hiciera exactamente eso), aun así se sentía obligada a simular renuencia y el aire de que le habíanforzado la mano, exactamente igual que, en los libros sobre el Hombre Primitivo que la gente de cultura avanzada empezaba a leer, la novia salvaje es arrastrada entre gritos de la tienda de sus padres.