lama, muy derecho y erguido, con los profundos pliegues de su ropaje amarillo cruzados de negro a la luz de las hogueras del parao, exactamente igual que el tronco nudoso de un árbol está cruzado por las sombras del sol bajo, se dirigía a un carruaje orlado de hojalata y laca que ardiendo parecía una joya de muchos colores bajo aquella misma luz incierta. Los dibujos de las cortinas bordadas en oro subían y bajaban, difuminándose y recomponiéndose a medida que los pliegues se estremecían y temblaban con el viento nocturno; y cuando la charla se hacía más intensa, el dedo índice enjoyado chasqueaba despidiendo pequeñas chispas de luz entre los bordados. Detrás del carro había un muro de oscuridad incierta, salpicado de pequeñas llamas y vivo de formas, rostros y sombras apenas entrevistos. Las voces del principio de la tarde se habían aquietado en un zumbido arrullador cuyo tono más grave era el pausado rechinar de los bueyes rumiando
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IV. Buena suerte
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