con astucia a un enemigo, pero mientras Mahbub Ali se aclaraba la garganta, se apretaba el cinturón y salía tambaleándose bajo las estrellas de la madrugada, estuvo muy cerca de hacerlo.
—¡Qué novatada! —se dijo—. ¡Como si todas las muchachas de Peshawar no lo usaran! Pero estuvo bonito. Ahora Dios sabe cuántos más habrá por el Camino que tengan órdenes de ponerme a prueba, tal vez con el cuchillo. Así que está claro que el muchacho debe ir a Umballa, y en tren, pues el escrito es algo urgente. Yo me quedo aquí, siguiendo a la Flor y bebiendo vino como buen marchante afgano.
Se detuvo en el puesto que estaba a dos de distancia del suyo. Sus hombres yacían allí sumidos en un profundo sueño. No había rastro de Kim ni del lama.
—¡Arriba! —agitó a un durmiente—. ¿Adónde fueron los que yacían aquí anoche: el lama y el muchacho? ¿Falta algo?
—No —gruñó el hombre—, el viejo loco se levantó al segundo canto del gallo diciendo que se iba a Benarés, y el joven se lo llevó.
—¡La maldición de Alá sobre todos los infieles! —dijo Mahbub de todo corazón, y subió a su propio puesto, gruñendo en su barba.
Pero fue Kim quien había despertado al lama—Kim con un ojo pegado a un nudo de la madera del tabique, que había visto al hombre de Delhi registrar las cajas. No era aquel un ladrón común que revolvía cartas, cuentas y sillas de montar—ni un mero malhechor que introducía un cuchillo de lado en las suelas de las zapatillas de Mahbub, o descosía las costuras de las alforjas con tanta destreza. Al principio Kim había tenido la intención de dar la alarma—el prolongado choor—choor! que incendia los caravasares por las noches—, pero miró con más atención y, con la mano en el amuleto, sacó sus propias conclusiones.