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XIII. El mar y las colinas

águila gris y algún oso ocasional avistado a lo lejos escarbando y hozando en la ladera; la visión de un leopardo pintado y furioso, encontrado al amanecer en un valle silencioso devorando una cabra; y de vez en cuando un pájaro de vivos colores, estaban solos con los vientos y la hierba cantando bajo el viento.

Las mujeres de las ahumadas chozas sobre cuyos tejados caminaban al descender las montañas eran poco agraciadas y sucias, esposas de muchos maridos y afligidas por el coto. Los hombres eran leñadores cuando no agricultores, mansos y de una simplicidad increíble.

Y para que no faltara una conversación adecuada, el Destino les deparó, dándose alcance mutuamente en el camino, al cortés médico de Dacca, quien pagaba su comida con ungüentos buenos para el bocio y consejos que devuelven la paz entre hombres y mujeres. Parecía conocer estas colinas tan bien como los dialectos serranos, y le indicó al lama la disposición del terreno hacia Ladakh y Tíbet. Dijo que podían regresar a las Llanuras en cualquier momento. Mientras tanto, para aquellos que amaban las montañas, aquel camino de allí podía resultar entretenido.

Esto no se reveló de un soplo, sino en los encuentros vespertinos sobre las eras de piedra, cuando, despachados los pacientes, el médico fumaba y el lama tomaba rapé, mientras Kim observaba a las vacas diminutas pastar en los tejados, o lanzaba su alma tras sus ojos a través de los profundos abismos azules entre cordillera y cordillera.

Y había conversaciones aparte en los oscuros bosques, cuando el médico iba en busca de hierbas y Kim, en calidad de médico en ciernes, debía acompañarle.

—Verá, mister O’Hara, no sé qué demonios voy a hacer cuando encuentre a nuestros amigos deportistas; pero si tiene la amabilidad de no perder de vista mi paraguas, que es un estupendo punto fijo para un levantamiento catastral, me sentirá mucho mejor.

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