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XV. El soñador cuyo sueño se hizo realidad

es el sueño y ciertos medicamentos —dijo la Sahiba—; y él se alegró de entregarse a la vacuidad que a medias lo amenazaba y a medias lo calmaba.

Ella preparaba bebidas, en algún misterioso equivalente asiático al cuarto de los alambiques: brebajes que olían pestilentemente y sabían peor. Vigilaba a Kim hasta que se los tragaba e indagaba exhaustivamente después de que subían. Impuso una prohibición en el patio delantero y la hizo cumplir por medio de un hombre armado. Es cierto que tenía más de setenta años y que su espada enfundada terminaba en la empuñadura; pero representaba la autoridad de la Sahiba, y los carros cargados, los criados parlanchines, los terneros, los perros, las gallinas y cosas por el estilo daban un gran rodeo para evitar aquellos parajes. Lo mejor de todo es que, cuando el cuerpo quedó despejado, apartó de entre la multitud de parientes pobres que atarroban la parte trasera de los edificios —perros de la casa, los llamamos— a la viuda de un primo, experta en lo que los europeos, que no entienden nada del asunto, llaman masaje. Y las dos, colocándolo de este a oeste, para que las misteriosas corrientes telúricas que estremecen el barro de nuestros cuerpos ayudaran y no estorbaran, lo desmontaron pieza por pieza durante toda una larga tarde: hueso a hueso, músculo a músculo, ligamento a ligamento y, por último, nervio a nervio. Amasado hasta convertirse en una pulpa irresponsable, medio hipnotizado por el parpadeo y la reajuste perpetuos de los inquietos chudders que les velaban los ojos, Kim se deslizó diez mil millas hacia el sueño —treinta y seis horas de él—, un sueño que empapó como la lluvia tras la sequía.

Luego ella le dio de comer, y la casa giró al son de su barullo. Hizo matar aves; mandó a buscar verduras, y el jardinero sobrio y de pensamiento lento, casi tan viejo como ella, sudó la gota gorda por ello; tomó especias, leche y cebolla, con pececillos de los arroyos; al instante limas para sorbetes, gordas codornizas de los hoyos, luego hígados de pollo en una brocheta, con jengibre en rodajas entremedias.

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