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VII

“Mi orden es llevarte a la escuela”. El cochero empleó el tuteo, lo cual constituye una grosería cuando se dirige a un hombre blanco. En el vernáculo más claro y fluido, Kim le señaló su error, subió al pescante y, una vez establecido un perfecto entendimiento, condujo durante un par de horas de arriba abajo, calculando, comparando y disfrutando.

No hay ciudad —salvo Bombay, la reina de todas— más hermosa en su estilo vistoso que Lucknow, ya se la vea desde el puente sobre el río, o desde lo alto del Imambara contemplando hacia abajo los paraguas dorados del Chutter Munzil y los árboles en los que la ciudad está enclavada.

Los reyes la han adornado con edificios fantásticos, la han dotado de obras de caridad, la han abarrotado de pensionistas y la han empapado de sangre. Es el centro de toda ociosidad, intriga y lujo, y comparte con Delhi la pretensión de hablar el único urdu puro.

“Una ciudad hermosa, una ciudad bella”. El cochero, por ser de Lucknow, se sintió complacido con el cumplido y le contó a Kim muchas cosas asombrosas allí donde un guía inglés habría hablado del Motín.

—Ahora iremos a la escuela —dijo Kim por fin.

La gran y vieja escuela de San Javier in Partibus, bloque tras bloque de bajos edificios blancos, se alza en vastos terrenos frente al río Gumti, a cierta distancia de la ciudad.

—¿Qué clase de gente hay dentro? —dijo Kim.

“Jovencitos Sahibs⁠—todos unos demonios. Pero a decir verdad, y llevo a muchos de ellos de acá para allá desde la estación de ferrocarril, nunca he visto a uno que tuviera más madera para convertirse en un demonio más perfecto que tú⁠—este joven Sahib al que ahora estoy conduciendo”.

Naturalmente, como jamás se le había enseñado a considerarlas de ningún modo impropias, Kim había charlado un rato con un par de

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