y más atrás las nieves. Tras un largo y apacible sueño bajo las secas estrellas, venía el transitar majestuoso y pausado por una aldea que despertaba: la escudilla de mendigar tendida en silencio, pero los ojos escudriñando, en desafuero de la Ley, de un confín al otro del cielo. Luego regresaba Kim con paso sigiloso por el polvo blando junto a su amo, a la sombra de un granado o a la más rala de un siris blanco del Doon, para comer y beber a sus anchas. Al mediodía, tras la charla y una breve caminata, dormían; y salían al encuentro del mundo, ya descansados, cuando el aire refrescaba. La noche los sorprendía adentrándose en nuevos territorios: alguna aldea elegida, vislumbrada tres horas antes a lo largo de las fértiles tierras y muy debatida en el camino.
Allí contaban su historia —una nueva cada tarde en lo que a Kim respectaba— y allí eran bien recibidos, ya fuera por el sacerdote o por el alcalde, según la costumbre de la amable Oriente.
Cuando las sombras se acortaban y el lama se apoyaba con más fuerza en Kim, siempre estaba la Rueda de la Vida para sacarla, mantenerla estirada bajo piedras limpias y, con una paja larga, explicar ciclo por ciclo. Allí se sentaban los Dioses en las alturas —y eran sueños de sueños—. Allí estaba nuestro cielo y el mundo de los semidioses: jinetes luchando entre las colinas. Allí estaban las agonías infligidas a las bestias, las almas ascendiendo o descendiendo por la escalera y, por lo tanto, intocables. Allí estaban los infiernos, cálidos y fríos, y las moradas de los fantasmas atormentados. Que el chela estudiara los males que provienen de comer en exceso: vientre hinchado y entrañas ardientes.
Obediente, pues, con la cabeza gacha y el dedo moreno atento a seguir el puntero, estudió el chela; pero cuando llegaron al Mundo Humano, atareado y vano, que está justo encima de los Infiernos, su mente se distrajo; pues por la vera del camino rodaba la Rueda misma, comiendo, bebiendo, comerciando, casándose y peleando, todo ello intensamente vivo.