partida de caza en el camino. Ellos se apañaban solos. Tenían abundantes provisiones. Solo deseaban continuar la marcha lo antes posible. Dicho esto, interceptó a un montañés acobardado entre los árboles y, tras tres minutos de charla y un poco de plata (uno no puede escatimar en servicio oficial, aunque al corazón de Hurree le doliera el desperdicio), los once culis y los tres dependientes reaparecieron. Al menos, el Babu sería testigo de su opresión.
“Mi real amo, él estará muy disgustado, pero esta gente es onlee gente común y groseramente ignorante. Si vuestras señorías tienen la amabilidad de pasar por alto desafortunado asunto, estaré muy complacido. En un poco de tiempo la lluvia parará y entonces podremos continuar. ¿Han estado cazando, eh? ¡Esa es excelente actuación!”
Saltó con agilidad de un kilta a otro, fingiendo arreglar cada cesta cónica. El inglés no suele estar familiarizado con el asiático, pero no le daría un manotazo en la muñeca a un amable babú que hubiera volcado por