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XII. El mar y las colinas

ella. “No te he olvidado. Lavaos y comed. El padre del hijo de mi hija se ha marchado por un tiempo. Así que nosotras, las pobres mujeres, somos mudas e inútiles”.

A guisa de prueba, increpó sin piedad a toda la casa hasta que le llevaron comida y bebida; y por la tarde —la tarde con olor a humo, de color pardo cobrizo y turquesa sobre los campos— le plació ordenar que su palanquín fuera depositado en el desaliñado patio delantero a la luz de las antorchas humeantes; y allí, tras unas cortinas no demasiado cerradas, se puso a charlar.

“Si el Santo hubiera venido solo, lo habría recibido de otra manera; pero con este granuja, ¿quién puede ser demasiado cuidadoso?”

—Maharaní —dijo Kim, eligiendo como siempre el título más ampuloso—, ¿es culpa mía que nadie más que un sahib —un polis-sahib— llamara a

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