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III

de un muerto al de otro”.

—¿Y después? —dijo el lama.

“Oh, después se van, pero no antes de que mi pueblo lo haya visto”.

“Y al final, ¿qué harás?”

“Al final habré de morir.”

“¿Y después?”

«Que los Dioses dispongan. Jamás los he fastidiado con plegarias. No creo que ellos me fastidien a mí. Mira, he notado en mi larga vida que a aquellos que interrumpen eternamente a los de Arriba con quejas, informes, bramidos y llantos los mandan a llamar deprisa en seguida, tal como nuestro Coronel solía mandar a llamar a los provincianos bocazas que hablaban demasiado.

No, jamás he cansado a los Dioses. Ellos recordarán esto y me darán un lugar tranquilo donde pueda clavar mi lanza a la sombra y esperar para dar la bienvenida a mis hijos: no tengo menos de tres, todos ressaldar-majors, en los regimientos».

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