—Cuanto menos prestamistas, mejor, digo yo; pero, sea santo o no lo sea, debe pagar por la mercancía que lleva a cuestas.
«¿Y bien? Pero ese es tu hijo sobre tu hombro, entregado al incinerador de la vera del río no hace dos días. Queda una cosa más. Hice este conjuro en tu presencia porque la necesidad era grande. Cambié su forma y su alma. No obstante, si por casualidad, oh hombre de Yulandur, recuerdas lo que has visto, ya sea entre los ancianos sentados bajo el árbol de la aldea, o en tu propia casa, o en compañía de tu sacerdote cuando bendice a tu ganado, una peste se abatirá sobre tus búfalos, y un incendio en tu tejado de paja, y ratas en los arcones de grano, y la maldición de nuestros dioses sobre tus campos para que sean estériles ante tus pies y tras tu reja de arado».
Esto era parte de una vieja maldición aprendida de un fakir junto a la puerta Taksali en los días de la inocencia de Kim. No perdía nada con la repetición.
—¡Basta, Santo! ¡Por piedad, basta! —gritó el Jat—. ¡No maldigas la casa! ¡No vi nada! ¡No escuché nada! ¡Soy tu vaca!, y se dispuso a aferrar el pie desnudo de Kim que golpeaba rítmicamente el suelo del carruaje.
—Pero como se te ha permitido ayudarme en lo que respecta a un pellizco de harina, un poco de opio y otras pequeñeces semejantes que he honrado usando en mi arte, así te devolverán los dioses una bendición —y se la dio largamente, para enorme alivio del hombre.
Era una que le había aprendido a Lurgan Sahib.
El lama miró a través de sus anteojos como no había mirado al asunto del disfraz. —Amigo de las Estrellas —dijo al fin—, has adquirido gran sabiduría. Guárdate de que no dé a luz al orgullo. Ningún hombre que tenga la Ley