Él condujo los caballos por debajo de la carretera principal hacia el bazar bajo de Simla—la concurrida ratonera que asciende desde el valle hasta el Ayuntamiento a un ángulo de cuarenta y cinco grados. Un hombre que conozca bien el lugar puede desafiar a toda la policía de la capital de verano de la India, con tanta astucia se comunican galería con galería, callejón con callejón y escondite con escondite. Allí viven aquellos que atienden los caprichos de la alegre ciudad— jhampanis que tiran de los bicitaxis de las damas elegantes por la noche y juegan hasta el amanecer; tenderos, vendedores de aceite, comerciantes de antigüedades, revendedores de leña, sacerdortes, carteristas y empleados nativos del Gobierno. Allí discuten las cortesanas los asuntos que se supone son los secretos más profundos del Consejo de la India; y allí se reúnen todos los subsubagentes de la mitad de los Estados Nativos. Allí también alquilaba Mahbub Ali una habitación, mucho más asegurada que su mampara en Lahore, en la casa de un comerciante de ganado mahometano. Aquel era además un lugar de milagros, pues entraba al atardecer un mozo de cuadra mahometano y salía una hora más tarde un muchacho euroasiático—el tinte de la muchacha de Lucknow era de primera— con ropa de confección que le quedaba mal.
—He hablado con Creighton Sahib —dijo Mahbub Ali—, y por segunda vez la Mano de la Amistad ha evitado el Lázigo de la Calamidad. Dice que has desperdiciado por completo sesenta días en el Camino y que, por lo tanto, es demasiado tarde para mandarte a ninguna escuela de la Colina.
“He dicho que mis vacaciones me pertenecen. No voy a la escuela dos veces. Esa es una parte de mi compromiso”.
“El coronel Sahib aún no está al tanto de ese contrato. Has de hospedarte en la casa de Lurgan Sahib hasta que sea hora de marchar de nuevo a Nucklao”.
“Preferiría hospedarme contigo, Mahbub”.