El escritor público, que sabía inglés, componía excelentes telegramas, tales como:
«Creighton, Laurel Bank, Umballa. El caballo es árabe, como ya se informó. Lamentable retraso del pedigrí que estoy traduciendo».
Y más tarde a la misma dirección:
«Mucho retraso lamentable. Remitiré el pedigrí».
A su socio en Delhi le cablegrafió:
«Lutuf Ullah. He cablegrafiado dos mil rupias a su crédito en el banco de Luchman Narain».
Esto era completamente parte del negocio, pero todos y cada uno de esos telegramas eran discutidos y rediscutidos, por partes que se consideraban interesadas, antes de ser llevados a la estación de ferrocarril a cargo de un tonto balti, que permitía que toda clase de personas los leyeran por el camino.
Cuando, en el pintoresco lenguaje del propio Mahbub, había enturbiado los pozos de la investigación con el bastón de la precaución, Kim le había caído encima, enviado por el Cielo; y, siendo tan expeditivo como sin escrúpulos, Mahbub Ali, acostumbrado a correr toda clase de riesgos imprevisibles, lo reclutó para el servicio en el acto.
Un lama errante con un joven criado de casta baja podía atraer un momento de interés mientrasambulaban por la India, la tierra de peregrinos; pero nadie sospecharía de ellos ni, lo que venía al caso, los robaría.
Pidió una nueva bola de carbón para su narguile y meditó sobre el asunto. Si la cosa llegaba a mayores y el muchacho sufría algún daño, el