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XIII. El mar y las colinas

—Hace mucho, mucho tiempo —dijo el lama, como para sí mismo—, se le preguntó al Señor si el mundo era eterno. A esto el Excelente no devolvió respuesta… Cuando estuve en Ceilán, un sabio Buscador me lo confirmó a partir del evangelio escrito en pali. Ciertamente, puesto que conocemos el camino hacia la Libertad, la pregunta sería inútil, pero —¡mira y conoce la ilusión, chela! ¡Estas son las verdaderas Colinas! Son como mis colinas de Such-zen. ¡Jamás ha habido colinas así!

Por encima de ellos, todavía enormemente por encima de ellos, la tierra se elevaba imponente hacia la línea de nieves perpetuas, donde de este a oeste, a lo largo de cientos de millas, trazado como con regla, terminaba el último de los audaces abedules.

Por encima de aquello, en escarpes y bloques levantados, las rocas se esforzaban por asomar la cabeza por encima de la asfixiante capa blanca.

Más arriba aún, inmutables desde el principio del mundo, pero cambiantes a cada capricho del sol y de la nube, seextendían las nieves eternas. Podían divisar manchas y borrones en su superficie donde la tormenta y el caprichoso wullie-wa se levantaban a bailar.

Por debajo de ellos, tal como estaban, el bosque se desvanecía en una sábana de color verde azulado durante milla tras milla; debajo del bosque había un pueblo con su salpicadura de campos en terrazas y empinados pastizales.

Debajo del pueblo sabían que, aunque una tormenta rugía y gruñía allí por el momento, un desnivel de mil doscientos o mil quinientos pies conducía al húmedo valle donde se juntan los arroyos que son las madres del joven Sutluj.

Como de costumbre, el lama había guiado a Kim por senderos de vacas y caminos vecinales, lejos de la ruta principal por la que Hurree Babu, ese «hombre temible», había galopado tres días antes a través de una

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