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VII

Sus hogares iban desde el Howrah de la gente del ferrocarril hasta acantonamientos abandonados como Monghyr y Chunar; plantaciones de té perdidas rumbo a Shillong; aldeas donde sus padres poseían grandes latifundios en Oudh o el Decán; misiones a una semana de distancia de la línea ferroviaria más cercana; puertos de mar a mil millas al sur, frente al broncíneo oleaje índico; y plantaciones de quina al sur de todo lo demás.

El mero relato de sus aventuras, que para ellas no eran tales aventuras, en su camino hacia y desde la escuela le habría erizado los cabellos a cualquier muchacho occidental.

Estaban acostumbradas a marchar solas al trote a través de cientos de millas de selva, donde siempre existía la deliciosa posibilidad de ser demoradas por los tigres; pero jamás se habrían bañado en el canal de la Mancha en un mes de agosto inglés, del mismo modo que sus hermanos al otro lado del mundo se habrían quedado quietos mientras un leopardo olisqueaba su palanquín.

Había muchachos de quince años que habían pasado día y medio en un islote en medio de un río desbordado, haciéndose cargo, por derecho propio, de un campamento de peregrinos frenéticos que regresaban de un santuario.

Había alumnos mayores que habían requisado el elefante de un rajá encontrado al azar, en nombre de San Francisco Javier, cuando las lluvias borraron por completo el camino de carretas que conducía a la finca de su padre, y a punto estuvieron de perder a la enorme bestia en unas arenas movedizas.

Había un muchacho que, según decía, y nadie lo dudaba, había ayudado a su padre a repelér con rifles desde la veranda una incursión de akas en los días en que aquellos cazadores de cabezas se atrevían con las plantaciones aisladas.

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