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Pero la alegría de estos maestros era pálida y tenue al lado de la alegría de Kim cuando el director de St. Xavier lo llamó Aparte para decirle que el coronel Creighton lo había mandado a buscar.

“Comprendo, O’Hara, que te ha conseguido un puesto de ayudante de topógrafo en el Departamento de Canales: eso es lo que se saca por estudiar matemáticas. Es una gran suerte para ti, pues solo tienes dieciséis años; pero, por supuesto, comprendes que no serás pukka hasta que hayas aprobado el examen de otoño. Así que no debes pensar que vas a salir al mundo a divertirte, ni que tu fortuna está hecha. Te espera muchísimo trabajo duro. Tan solo que, si logras convertirte en pukka, podrás ascender, ya sabes, hasta los cuatro cientos cincuenta al mes”.

Ante lo cual el director le dio muchos buenos consejos acerca de su conducta, sus modales y su moral; y otros, sus mayores, que no habían sido enchufados en puestos, hablaron, como solo los muchachos angloindios saben hacerlo, de favoritismo y corrupción. En verdad, el joven Cazalet, cuyo padre era un pensionista en Chunar, insinuó con toda claridad que el interés del coronel Creighton por Kim era directamente paternal; y Kim, en vez de replicar, ni siquiera empleó improperios. Estaba pensando en la inmensa diversión que se avecinaba, en la carta de Mahbub del día anterior, escrita toda pulcramente en inglés, en la que se citaba esa misma tarde en una casa cuyo solo nombre le habría erizado los pelos del susto al director⁠ ⁠…

Dijo Kim a Mahbub en la estación de ferrocarril de Lucknow aquella tarde, junto a la báscula de equipajes:

«Temía que al final el techo se me cayera encima y me estafara. ¿Ha terminado todo de verdad, oh, padre mío?».

Mahbub chasqueó los dedos para mostrar la rotundidad de aquel final, y sus ojos brillaron como carbones encendidos.

“¿Dónde está entonces la pistola para que pueda llevarla?”

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