un milagro. Considera las probabilidades en contra, Bennett. ¡Este único muchacho en toda la India, y nuestro Regimiento, entre todos los de la línea de marcha, para que se lo encuentre! Está predestinado a simple vista. Sí, dile que es el Kismet. ¿Kismet, mallum?
Se volvió hacia el lama, a quien lo mismo le habría dado hablarle de Mesopotamia.
«Dicen»,—al anciano se le iluminaron los ojos ante las palabras de Kim—, «dicen que el significado de mi horóscopo ya se ha cumplido, y que al ser conducido de regreso—aunque, como sabes, salí por curiosidad— ante esta gente y su Toro Rojo, tendré que ir a una madrissah y convertirme en un Sahib.
Ahora finjo estar de acuerdo, pues en el peor de los casos no serán más que unas pocas comidas hechas lejos de ti. Luego me escaparé y seguiré el camino hacia Saharunpore. Por lo tanto, Oh Santo, quédate con esa mujer de Kulu; por nada del mundo te alejes mucho de su carro hasta que yo vuelva.
Fuera de toda duda, mi signo es de Guerra y de hombres armados. ¡Mira cómo me han dado vino para beber y me han puesto en un lecho de honor! Mi padre debió de ser un personaje importante. Así que si me elevan al honor entre ellos, bien. Si no, bien también. Vaya como vaya, volveré corriendo a ti cuando esté cansado. Pero quédate con la rajputní, o no encontraré tus pies…
Oh, sí», dijo el muchacho, «le he dicho todo lo que me mandas decir».
—Y no veo ninguna necesidad de que él espere —dijo Bennett, tanteándose el bolsillo de los pantalones—; ya investigaremos los detalles más tarde, y le daré un co—
—Dale tiempo. Quizá le tiene afecto al muchacho —dijo el padre Víctor, deteniendo a medias el movimiento del clérigo.