templarse para entrar en el alma ajena; pero un demonio despertó en Kim y cantó de alegría al ponerse los vestidos cambiantes y modificar con ellos el habla y los gestos.
Llevado por el entusiasmo, se ofreció a mostrarle una tarde a Lurgan Sahib cómo los discípulos de cierta casta de fakires, viejos conocidos de Lahore, mendigaban limosna al borde del camino; y qué clase de tono emplearía con un inglés, con un labrador penyabí que iba a una feria y con una mujer sin velo.
Lurgan Sahib rió a carcajadas y le rogó a Kim que se quedara tal como estaba, inmóvil durante media hora —con las piernas cruzadas, embadurnado de ceniza y con mirada salvaje— en la habitación trasera.
Al cabo de ese tiempo entró un bengalí corpulento y obeso cuyas piernas enfundadas en medias temblaban de gordura, y Kim le soltó una andanada de bromas callejeras. Lurgan Sahib —esto molestó a Kim— observaba al bengalí y no a la actuación.
—Pienso —dijo el babú pesadamente, encendiendo un cigarrillo—, soy de la opineón de que es una actuación sumamente extraordinaria y eficáz. A no ser porque usted me había dicho, habría opineado que... que... que me estaba tomando el pelo. ¿Qué tan pronto puede volverse un ayudante de cadena aproximadamente eficáz? Porque entonces lo solicitaré.
“Eso es lo que debe aprender en Lucknow”.
—Entonces ordénale que se dé recontra-prisa. Buenas noches, Lurgan.
El Babu se marchó balanceándose con el andar de un buey atollado en el fango.
Mientras repasaban la lista de visitantes del día, Lurgan Sahib le preguntó a Kim quién creía que podía ser el hombre.