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XIII. El mar y las colinas

el lugar de los culíes testarudos y distraídos que, con esteras de hierba sobre la cabeza y las gotas de lluvia formando charcos en sus huellas, esperaban a que el tiempo mejorara. Todos los sahibs de su conocimiento —hombres vestidos de rudeza que regresaban jubilosos año tras año a sus quebradas elegidas— tenían sirvientes, cocineros y ordenanzas, muy a menudo montañeses. Estos sahibs viajaban sin séquito alguno. Por tanto, eran sahibs pobres e ignorantes; pues ningún sahib en su sano juicio seguiría el consejo de un bengalí. Pero el bengalí, aparecido de la nada, les había dado dinero y se apañaba con su dialecto. Acostumbrados al maltrato generalizado por parte de los de su propia raza, sospechaban que había una trampa en alguna parte y se mantenían alerta para huir si se presentaba la ocasión.

Luego, a través del aire recién lavado, que exhalaba deliciosos aromas a tierra, el Babu abrió el camino por las laderas, caminando al frente de los culíes con orgullo; caminando detrás de los extranjeros con humildad.

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