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XV. El soñador cuyo sueño se hizo realidad

Colinas, me sentía afligido por ti y por otros asuntos que guardaba en mi corazón. La barca de mi alma carecía de rumbo; no podía ver el interior de la Causa de las Cosas. Así que te entregué por completo a la mujer virtuosa. No tomé alimento. No bebí agua. Aún así no veía el Camino. Me insistían con la comida y gritaban ante mi puerta cerrada. De modo que me retiré a un hueco bajo un árbol. No tomé alimento. No tomé agua. Me senté en meditación dos días y dos noches, abstrayendo mi mente; inhalando y exhalando de la manera requerida… En la segunda noche —tan grande fue mi recompensa— el Alma sabia se desprendió del necio Cuerpo y quedó libre. Esto nunca antes lo había alcanzado, aunque he estado en el umbral de lograrlo. ¡Considera esto, porque es una maravilla!”

—¡Una maravilla en verdad! ¡Dos días y dos noches sin comida! ¿Dónde estaba la Sahiba? —dijo Kim en voz baja.

“Sí, mi Alma quedó libre y, girando en círculos como un águila, vio en verdad que no había Teshoo Lama ni ninguna otra alma. Como una gota se atrae al agua, así mi Alma se acercó a la Gran Alma que está más allá de todas las cosas.

En ese punto, exaltado en la contemplación, vi toda la India, desde Ceilán en el mar hasta las Colinas, y mis propias Rocas Pintadas en Such-zen; vi cada campamento y aldea, hasta el más pequeño, donde alguna vez hemos descansado. Los vi al mismo tiempo y en un solo lugar; porque estaban dentro del Alma.

Por esto supe que el Alma había traspasado la ilusión del Tiempo, del Espacio y de las Cosas. Por esto supe que era libre.

Vi que yeguías en tu cuna, y vi que rodabas cuesta abajo bajo el idólatra⁠—al mismo tiempo, en un solo lugar, en mi Alma, la cual, como digo, había tocado el Alma Grande.

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