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pastún, Mahbub Ali”. Ahora bien, excepto en lo que respecta a los pastunes, de los cuales soy uno, todo eso es verdad. Verdaderísimo es en el Gran Juego, pues es por medio de las mujeres que todos los planes se arruinan y amanecemos en la madrugada con el cuello cortado. Así le ocurrió a uno de tantos. Dio los pormenores más sangrientos.

—Entonces, ¿por qué...? —Kim se detuvo ante una escalera mugrienta que ascendía hacia la cálida oscuridad de una estancia superior, en el barrio que hay detrás de la tabaquería de Azim Ullah. Quienes lo conocen lo llaman La Pajarera; está tan lleno de susurros, silbidos y chirridos.

La habitación, con sus cojines sucios y sus narguilés a medio fumar, olía abominablemente a tabaco rancio.

En un rincón yacía una mujer enorme y sin forma, ataviada con gasas verdosas y adornada —en la frente, la nariz, las orejas, el cuello, las muñecas, los brazos, la cintura y los tobillos— con pesadas joyas nativas. Cuando se volvía, sonaba como el entrechoque de ollas de cobre.

Un gato flaco, en el balcón del otro lado de la ventana, maullaba hambriento. Kim se detuvo, desconcertado, ante la cortina de la puerta.

—¿Es eso lo nuevo, Mahbub? —dijo Huneefa perezosamente, apenas molestándose en quitarse la boquilla de los labios—. ¡Oh, Buktanoos! —como la mayoría de su calaña, juraba por los yins—; ¡Oh, Buktanoos! Es muy bueno a la vista.

—Eso forma parte de la venta del caballo —explicó Mahbub a Kim, quien se echó a reír.

—He escuchado esa charla desde mi Sexto Día —respondió, agachándose junto a la luz—. ¿A dónde conduce?

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