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XII. El mar y las colinas

Kim estaba sentado en el borde del pesebre de una vaca, contándole historias a los hijos de un herrero del pueblo.

—Solo pedirá otro hijo para su hija. No la he olvidado —dijo—. Que acumule mérito. Manda a decir que iremos.

Anduvieron once millas a través de los campos en dos días, y al final se vieron abrumados de atenciones; pues la anciana mantenía una noble tradición de hospitalidad a la que obligaba a su yerno, el cual estaba bajo el dominio de sus mujeres y compraba la paz pidiendo prestado al usurero.

La edad no había debilitado su lengua ni su memoria, y desde una ventana alta discretamente enrejada, oyéndola no menos de una docena de sirvientes, le dedicó a Kim unos cumplidos que habrían sumido a un público europeo en la más impúdica consternación.

“Pero sigues siendo el desvergonzado mocoso mendigo del parao”, chilló

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