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III

“No lo eres. Eso puedo verlo. Pero no conozco a ese otro. Aunque marcha bien”.

La primera frescura del día impulsaba al lama hacia adelante con zancadas largas, fáciles y propias de un camello. Estaba sumido en la meditación, haciendo chasquear mecánicamente su rosario.

Siguiendo el camino rural, lleno de baches y desgastado, que serpenteaba por la llanura entre los grandes y oscuros mangotales, avistaron hacia el este la tenue silueta de la cordillera del Himalaya coronada de nieve.

Toda la India trabajaba en los campos al son del chirrido de las norias, los gritos de los aradores tras sus reses y el vocerío de los cuervos. Hasta el poni sintió la buena influencia del momento y estuvo a punto de romper a trotar cuando Kim puso una mano en la correa del estribo.

—Me arrepiento de no haber dado una rupia al santuario —dijo el lama en la última cuenta de su collar de ochenta y una.

El viejo soldado gruñó en su barba, de modo que el lama reparó en él por primera vez.

—¿Buscas tú también el Río? —dijo, volviéndose.

—El día es nuevo —fue la respuesta—. ¿Qué necesidad hay de un río sino para abrevar antes de la puesta del sol? Vengo a mostrarte un atajo hacia el Camino Real.

“Esa es una cortesía que se ha de recordar, oh, hombre de buena voluntad. ¿Pero a qué viene la espada?”

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