la Sahiba, enviado a treinta y dos kilómetros de distancia con el mismo viejo y entrecano criado oriya a cargo, y cuando llegaron al desorden ordenado de la larga, blanca y desparramada casa detrás de Saharunpore, el lama tomó sus propias medidas.
Dijo alegremente la Sahiba desde una ventana superior, tras los cumplidos:
«¿De qué sirve el consejo de una vieja a un viejo? Te lo dije... Te lo dije, Santo, que vigilases al chela. ¿Cómo lo hiciste? ¡No me respondas nunca! Lo sé. Ha estado correteando entre las mujeres. ¡Mírale los ojos —hundidos y cóncavos— y la línea de la traición desde la nariz hacia abajo! ¡Ha sido cribado! ¡Fiu! ¡Fiu! ¡Y encima un sacerdote!».
Kim levantó la vista, demasiado cansado para sonreír, negando con la cabeza.
—No bromees —dijo el lama—. Ese tiempo ha terminado. Estamos aquí para grandes asuntos. Una enfermedad del alma me acometió en las colinas, y a él una enfermedad del cuerpo. Desde entonces he vivido de su fuerza, devorándolo.
“Niños juntos, jóvenes y ancianos —se mofó, pero se abstuvo de hacer nuevas bromas—. ¡Que esta presente hospitalidad os devuelva las fuerzas! Esperad un momento y vendré a charlar sobre las altas y hermosas colinas”.
Al anochecer—su yerno había regresado, de modo que ella no necesitó hacer la ronda de inspección por la granja—, llegó al meollo del asunto, explicado en voz baja por el lama. Las dos viejas cabezas asintieron con sabiduría al unísono. Kim se había arrastrado hasta una habitación con una catresita y dormitaba