Paso a paso, retirándose reverentemente y bajando la voz, el Saddhu amarillo volvió trepando al carruaje, maldiciendo al D.S.P. hasta la más remota posteridad, por —aquí Kim estuvo a punto de dar un salto— la maldición de la Piedra de la Reina, por la inscripción bajo la Piedra de la Reina y por una variedad de Dioses con nombres completamente nuevos.
“No sé qué está diciendo”—el inglés se sonrojó con ira—, “pero es alguna maldita impertinencia. ¡Salga de ahí!”.
E.23, fingiendo no entender, presentó gravemente su billete, que el inglés le arrebató enfadado de la mano.
«¡Ay, zoolum! ¡Qué opresión!», gruñó el jat desde su rincón. «Todo por el capricho de una broma además». Había estado sonriendo ante la insolencia de la lengua del saddhu. «¡Tus encantos no funcionan bien hoy, Santo Varón!».
El saddhu siguió al policía, halagador y suplicante. La multitud de pasajeros, ocupados con sus bebés y sus bultos, no se había percatado del asunto. Kim se deslizó detrás de él, pues le vino a la cabeza la idea de que había oído a aquel sahib colérico y estúpido hablar a los gritos sobre asuntos personales a una anciana cerca de Umballa tres años atrás.
“Está bien”, susurró el Saddhu, apretado en la multitud que llamaba, gritaba y estaba desconcertada —un galgo persa entre sus pies y una jaula llena de halcones chillones a cargo de un halconero rajput en la parte baja de la espalda—. “Se ha ido ahora para avisar sobre la carta que escondí. Me dijeron que estaba en Peshawur. Pude haber sabido que es como el cocodrilo, siempre en el otro vado. Me ha salvado de una calamidad presente, pero le debo la vida a ti”.
«¿Es él también uno de los Nuestros?» Kim se agachó bajo la grasienta axila de un arriero de camellos de Mewar y chocó contra una bandada de matronas sijs parlanchinas.