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XIV

sahibs?». y sus ojos duros se

—No soy más que un sacerdote errante —dijo Kim, con los ojos iluminados en respuesta—. No necesitas ni mis bendiciones ni mis maldiciones.

—No. Pero por un solo instante —puedes alcanzar el dooli en diez zancadas— si tú fueras un sahib, ¿quieres que te muestre lo que harías?

—¿Y si lo adivino, no obstante? —dijo Kim, y rodeándole la cintura con el brazo, la besó en la mejilla, añadiendo en inglés:— Thank you verree much, my dear.

Los besos son prácticamente desconocidos entre los asiáticos, lo que tal vez fuera la razón de que ella se echara hacia atrás con los ojos muy abiertos y cara de pánico.

“La próxima vez —siguió Kim—, no debes estar tan segura de tus sacerdotes paganos. Ahora me despido”.

Le tendió la mano al estilo inglés. Ella la tomó mecánicamente.

“Adiós, querida”.

“Adiós, y—y”⁠—recordaba sus palabras en inglés una por una— “¿volverás otra vez? Adiós, y—te bendiga Dios”.

Media hora más tarde, mientras la chirriante litera avanzaba a sacudidas por el sendero de la colina que conduce hacia el sureste desde Shamlegh, Kim vio una diminuta figura en la puerta de la choza agitando un trapo blanco.

—Ha adquirido un mérito superior al de todos los demás —dijo el lama—. Pues poner a un hombre en el camino de la Liberación es tan grande como si ella misma lo hubiera hallado.

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