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V. El regreso de Kim

último —y como primera corriente subterránea de todos sus rápidos pensamientos—, esta aventura, aunque no conocía la palabra inglesa, era una travesura colosal, una continuación deliciosa de sus viejas escapadas por los tejados, así como el cumplimiento de una profecía sublime. Se tendió boca abajo y se arrastró hacia la puerta de la tienda de campaña de los oficiales, con una mano en el amuleto que llevaba al cuello.

Era como sospechaba. Los Sahibs rezaban a su Dios; pues en el centro de la mesa del comedor —su único adorno cuando se encontraban en plena marcha— se alzaba un toro de oro labrado con el antiguo botín del Palacio de Verano de Pekín: un toro de oro rojo con la cabeza bacha, encabritado sobre un campo de verde irlandés. Hacia él, los Sahibs alzaban sus copas y clamaban en voz alta con confusión.

Ahora bien, el reverendo Arthur Bennett siempre dejaba un desastre después de brindar, y como estaba bastante cansado por la marcha, sus movimientos fueron más bruscos de lo habitual.

Kim, con la cabeza levemente levantada, seguía mirando fijamente su tótem sobre la mesa, cuando el capellán le pisó el omóplato derecho. Kim se encogió bajo el cuero y, rodando hacia un lado, derribó al capellán, quien, siempre hombre de acción, lo agarró por el cuello y casi lo estrangula. Entonces Kim le propinó una patada desesperada en el estómago.

El señor Bennett soltó un jadeo y se dobló, pero sin soltar su presa, volvió a rodar y arrastró a Kim en silencio hasta su propia tienda. Los Mavericks eran bromistas pesados e incurribles; y al inglés se le ocurrió que lo mejor era guardar silencio hasta haber investigado a fondo.

—¡Vaya, es un muchacho! —dijo, mientras arrastraba a su presa bajo la luz del farol colgado del poste de la tienda, y luego, sacudiéndolo severamente, exclamó—: ¿Qué estabas haciendo? Eres un ladrón. ¿Choor? ¿Mallum?

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