la doy de recuerdo. Ahora adiós. Tengo asuntos particulares urgentes aquí al borde del camino.
Se deslizó sin ruido como un gato hacia el camino de Umballa, paró un carro que pasaba y se alejado haciendo sonar los cascabeles, mientras Kim, con la lengua atada, jugueteaba con la caja de betel de latón entre las manos.
El historial de la educación de un muchacho le interesa a pocos salvo a sus padres, y, como sabéis, Kim era huérfano. Está escrito en los libros de St. Xavier’s in Partibus que al final de cada trimestre se remitía un informe de los progresos de Kim al coronel Creighton y al padre Victor, de cuyas manos llegaba debidamente el dinero para su escolarización.
Consta además en los mismos libros que demostró una gran aptitud tanto para los estudios matemáticos como para la confección de mapas, y que obtuvo un premio (The Life of Lord Lawrence, becerro jaspeado, dos volúmenes, nueve rupias y ocho annas) por su aprovechamiento en la materia; y en el mismo trimestre jugó en el once de St. Xavier contra el Colegio Mahometano de Aligarh, a la edad de catorce años y diez meses. Por entonces también fue vacunado de nuevo (de lo que podemos deducir que había habido otra epidemia de viruela en Lucknow).
Notas a lápiz al margen de un viejo registro de alistamiento indican que fue castigado varias veces por «conversar con personas impropias», y al parecer una vez fue condenado a rigurosos castigos por «ausentarse un día en compañía de un mendigo callejero». Fue cuando saltó la verja y le suplicó al lama durante todo un día a lo largo de las orillas del Gumti que lo acompañara por el camino las próximas vacaciones, por un mes, por una miserable semana; y el lama se puso inflexible como el pedernal, afirmando que aún no había llegado el momento.