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V. El regreso de Kim

dividieron a izquierda y derecha, corrían por allí como un hormiguero— y...

—¡Pero esto es hechicería! —dijo el lama.

La llanura se salpicó de tiendas que parecían levantarse, todas desplegadas, de los carros.

¡Otra avalancha de hombres invadió la arboleda, levantó una enorme tienda en silencio, plantó otras ocho o nueve al lado de esta, desenterró ollas, sartenes y hatillos, de los cuales se adueñó una multitud de sirvientes nativos; y he aquí que el bosquecillo de mangos se convirtió en una ciudad ordenada mientras ellos miraban!

—Vámonos —dijo el lama, recostándose con miedo, mientras las hogueras centelleaban y oficiales de blancos uniformes con sables tintineantes entraban a zancadas en la tienda del comedor.

“Retrocede hacia la sombra. Nadie puede ver más allá de la luz de una hoguera”, dijo Kim, con los ojos todavía puestos en la bandera. Nunca antes había presenciado la rutina de un regimiento veterano montando un campamento en treinta minutos.

—¡Mirad! ¡Mirad! ¡Mirad! —cacareaba el lama—. Allí viene un sacerdote. Era Bennett, el capellán anglicano del regimiento, que cojeaba enfundado en un negro polvoriento. Uno de sus feligreses había hecho algunos comentarios groseros sobre el valor del capellán; y para avergonzarlo, Bennett había marchado paso a paso con los hombres aquel día. El atuendo negro, la cruz de oro en la cadena del reloj, el rostro sin barba y el blando sombrero negro de ala ancha lo habrían señalado como un hombre santo en cualquier rincón de toda la India.

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