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IV. Buena suerte

mujeres, con sus bebés a la cadera, caminando detrás de los hombres, los muchachos mayores cabalgando sobre cañas de azúcar, arrastrando toscos modelos de locomotoras de latón de los que venden por un centavo, o haciendo brillar el sol en los ojos de sus superiores con baratos espejitos de juguete. A simple vista se podía ver lo que cada cual había comprado; y si hubiera alguna duda, solo hacía falta observar a las esposas comparando, brazo moreno contra brazo moreno, las pulseras de vidrio opaco recién adquiridas que vienen del Noroeste. Estos juerguistas caminaban lentamente, llamándose los unos a los otros y deteniéndose para regatear con los vendedores de dulces, o para hacer una oración ante uno de los santuarios del camino —a veces hindúes, a veces musulmanes— que las bajas castas de ambos credos comparten con hermosa imparcialidad.

Una línea continua de azul, que subía y bajaba como el lomo de una oruga apresurada, se elevaba a través del polvo trémulo y trotaba al paso entre un coro de risas rápidas y entrecortadas. Era una cuadrilla de changars —las mujeres que se han hecho cargo de todos los terraplenes de todos los ferrocarriles del Norte—, un clan de porteadoras de tierra de pies planos, pechos grandes, miembros fuertes y refajos azules, que marchaban hacia el norte ante la noticia de un trabajo y sin perder tiempo en el camino. Pertenecen a la casta cuyos hombres no cuentan, y caminaban con los codos abiertos, las caderas oscilantes y la cabeza en alto, como corresponde a las mujeres que cargan con grandes pesos.

Un poco más tarde, una comitiva nupcial irrumpía en la Gran Carretera con música y gritos, y un olor a cempasúchil y jazmín más intenso aún que el hedor del polvo. Se podía ver la litera de la novia, una mancha borrosa de rojo y oropel, tambaleándose entre la bruma, mientras el poni en guirnaldado del novio se apartaba para robar un bocado de un carro de forraje que pasaba.

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